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El gato Viktor, los gatos también existimos


Hola a todos.

Me llamo Viktor y soy un gato… un gato raro, a decir verdad. Raro por mi tamaño (dicen que soy enorme) y raro por la vida tan complicada que he tenido, lo que ha hecho que mi carácter sea un poco rarillo también. Voy a contaros mi vida para que podáis entenderme:

CAPÍTULO 1: MI VIDA ANTERIOR.

Nací hace cerca de tres años, no me acuerdo nada de aquel tiempo… sólo sé que me llevaron a la casa de mi nueva familia, una pareja que me quería mucho. Pero al poco tiempo entró a trabajar en casa un mal bicho que se llamaba “señora de la limpieza”. A esta elementa no le gustaban los gatos y no perdía oportunidad de darme patadas o escobazos (cuando no estaba la familia, claro)… hasta que un día me enfadé y le enseñé las uñas. Entonces fue a quejarse a los jefes de que yo la había atacado; dijo “o el gato, o yo”, y no debían de quererme mucho en esa casa, porque se quedaron con ella.

Me llevaron a una protectora (creo que fue allí donde me castraron, pero no estoy seguro); me daban de comer, me llevaban al veterinario y me acariciaban cuando tenían tiempo, pero… cuando uno está acostumbrado a vivir en familia, eso no es suficiente. Me volví tímido y huraño.

Un día vino una pareja que, decían, querían adoptarme, y me llevaron a su casa. No dudo de sus buenas intenciones, pero llegué allí y me encontré un montón de gente desconocida, niños y mayores, todos querían verme, acariciarme, tocarme, achucharme… y yo no los conocía de nada; me asusté y enseñé las uñas. Al día siguiente me devolvieron a la protectora, dijeron que soy falso y traicionero. Eso me dolió, porque no es para nada cierto; mi lenguaje corporal les había dicho con toda exactitud lo que yo estaba sintiendo… ¿Qué culpa tengo yo de que la gente confunda el lenguaje de los gatos con el de los perros? Todo aquél que quiera un gato debería saber que nosotros movemos el rabo cuando estamos nerviosos y lo llevamos erguido cuando nos sentimos tranquilos y a gusto, que bajamos las orejas cuando estamos asustados o enfadados… Ya, los perros menean el rabo cuando están contentos y bajan las orejas cuando están tranquilos, pero caramba, creo que está claro que somos especies distintas.

Raquel y Ana se ocuparon de mí (viví, y muy bien, en casa de Ana, pero yo sabía en el fondo de mí que aquél no iba a ser mi hogar definitivo; notaba en el ambiente un aire como de provisionalidad o así). Y entonces colgaron mi foto en internet y la vio Rosa, mi mami, y se enamoró de mí.

CAPÍTULO 2: MI PROCESO DE ADAPTACIÓN.

Ella había tenido un gato que, según dice, fue el gran amor de su vida, y luego dos gatas, y cuando Raquel le contó mi vida y le dijo que mi personalidad era difícil no se desanimó, al contrario; respondió que eso no era problema y que estaba segura de que acabaríamos siendo grandes amigos.

Tuve que hacer un largo viaje (de Madrid a Santiago de Compostela en el coche de un amigo de mami), y cuando llegué estaba tan asustado que costó Dios y ayuda sacarme de debajo del asiento. Me mostré nervioso, huraño y desconfiado, y entonces Rosa me llevó al desván y me puso comida, agua , un recipiente para hacer mis necesidades y un cojín mullido como cama.

Me dejó allí solo, y durante muchos días subía únicamente para darme comida y agua y para cambiar la arena; yo, al principio, me escondía y no quería saber nada de ella, pero luego, poco a poco, fui perdiéndole el miedo hasta que un día, cuando ella estaba poniendo comida en el comedero, me acerqué y me froté contra su mano. Ella no intentó acariciarme, sólo dejó la mano allí quieta, pero me gustó el contacto y lo repetí cada vez que la veía. A los pocos días abrió la puerta del desván y me dejó libre para que explorase el resto de la casa, cosa que hice de mil amores. Por iniciativa propia empecé a dormir abajo, y entonces Rosa bajó también el comedero, la arena y el cojín y cerró la puerta del desván. Me acariciaba cuando yo me acercaba, pero no intentaba cogerme en brazos ni forzarme a aceptar sus caricias.

CAPÍTULO 3: POR FIN, LA FELICIDAD.

A los tres meses o así, yo ya estaba deseando mimos desesperadamente, y un día tomé una medida heroica: ella estaba en el ordenador, y yo me subí de un salto a sus piernas y empecé a frotar la cabeza contra su mano. Entonces mami supo que yo quería ser uno más de la familia.

Siempre la espero en las escaleras, y cuando vuelve de trabajar voy subiéndolas delante de ella, estorbándole el paso para que me acaricie, y así subimos hasta casa, una caricia en cada escalón. Y cuando no lo hace así (a veces trae bolsas en las dos manos) me doy cuenta y subo junto a ella maullando bajito para que no se olvide de acariciarme en cuanto suelte las cosas.

Ahora sí que tengo una familia de verdad, y soy muy feliz. Papi me hace menos caso (me da de comer y de beber y habla conmigo, pero me acaricia pocas veces; no es muy efusivo con los animales), pero sé que soy el rey absoluto del corazón de mami, a pesar de la perrita (Linda, el ojito derecho de papá) y los dos perrazos, Toby y Breogán, que se mueren de celos.

Raquel le dijo un día a mami que estaba convencida de que yo nunca había encontrado un hogar porque estaba destinado a éste, y creo que es cierto. Sé en el fondo de mi corazón que ya nunca me moveré de aquí, que no seré un gato abandonado. Sé que siempre tendré comida, bebida y un techo, pero eso no es lo más importante; lo verdaderamente estupendo es que sé que siempre me darán amor.

Y yo lo devolveré al ciento por uno, lo prometo.

FINAL: NOTA DE ROSA.

Víctor es un amor, no hay una palabra mejor para describirlo. Hace algo más de un año que está en casa, y desde entonces mi vida es mucho más plena.

En cuanto me ve viene a pedirme mimos, y si estoy trasteando por la casa anda detrás de mí como un perrillo (mi marido dice que es “mi rabito”, pero claro, a él sólo le hace zalemas por las mañanas, a la hora de encerrar a los perros grandes, para que le dé una golosina); si estoy en el ordenador se me aposenta sobre las piernas y, si no le hago caso, se pasea sobre el teclado o sobre la mesa impidiéndome trabajar hasta que lo acaricio; si estoy planchando (sabe que la plancha es peligrosa, no me preguntéis cómo) se acuesta sobre el cojín que le tengo preparado y se queda mirándome hasta que le vence el sueño…

Quiero hacer llegar desde aquí mi agradecimiento a Ana y Raquel, que confiaron en mí sin conocerme de nada y viviendo tan lejos, lo que imposibilitaba un seguimiento en condiciones. Me satisface poder decirles que, hasta ahora, no las he defraudado… y, por supuesto, espero no hacerlo en el futuro.

Mi agradecimiento también a las personas que tuvieron la oportunidad de vivir con Víctor y lo dejaron escapar; les estoy agradecida porque me han dado la oportunidad de tenerlo. A cambio, quiero brindarles un consejo: que nunca más tengan un animal. No son dignos de ello.

Y por último, animar a todos aquéllos que quieran adoptar a un gato a que lo hagan. No importa si tienen un perro (puedo decir con conocimiento de causa que acaban por llevarse muy muy bien). Estudios científicos han demostrado que acariciar a un gato relaja mucho y disminuye la tensión arterial (lo vi en un documental, creo recordar que de Nacional Geographic), lo que le viene genial sobre todo a las personas mayores. Y, a las personas que nunca hayan tenido un gato y quieran adoptar uno, decirles que la única precaución que han de tener es aprenderse los signos del lenguaje corporal de los gatos.

Os aseguro que son tan fieles y nobles como los perros.


 

 
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