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IRON


¡Hola!

¿Os acordáis de Iron? Espero que sí porque él parece no haberos olvidado, tanto que aquí está, tumbado a mis pies, ayudándome a escribir esta carta “a cuatro patas”.

Hace ya varias semanas que pensábamos escribir porque tenemos realmente muchas cosas que contaros y mucho por agradeceros, pero, como pronto comprenderéis, últimamente hemos estado bastante liados aquí en casa. En primer lugar, queríamos deciros que Iron es realmente un perro “especial”, tal como se llamaba la sección en la que por primera vez mi mirada se cruzó con esa carita de pena y dulzura que sólo él sabe poner cuando desea algo (que no me oiga, pero es un actorazo…). Simplemente, no me pude resistir. Ya llevaba varias semanas mirando las páginas Web de varias protectoras de Madrid, y había visto muchos, muchísimos (demasiados, lamentablemente) perros, uno más bonito que el otro, cachorritos adorables… pero… no me decidía, no sabía elegir. Hasta que le vi. Fue un autentico flechazo “virtual” (¡y yo que no creo en las relaciones por Internet!). Hablé con mi novio, llamé a la protectora y ese mismo sábado fuimos a ver a Iron. Nos dejaron a solas con él para que pudiéramos conocernos y, pese a que él no nos diera demasiada bola (justificada difidencia, dada su condición), yo me enamoré (mi novio que es más reservado lo niega, pero… él también!) y… volvimos a casa, los tres.

Ahora que Iron lleva ya siete meses con nosotros, ahora ya sé por qué eran esos ojitos que tenía en la foto en la que le vi: quería y, a su modo, pedía mimos, caricias, besitos, en fin, ser el centro de la atención (es un egocéntrico, ¡qué le vamos a hacer!) y… ¿por qué no? un confortable sofá en el que tumbarse. Sí, porque Iron, perro especial, no se contenta con las alfombras de casa y la espectacular “camita” que pusimos a su disposición cuando empezó nuestra convivencia… no, como dice él, la cama es para la noche y las alfombras son para los pies… y a pesar de los “no” y de los “baja de ahí” que inicialmente nos habíamos propuesto, con el rigor de todos los neo-padres, encontró la forma de convencernos de sus razones, puso su mejor carita de penita y… ¿cómo resistirse a esos ojitos? Así que… vale, súbete al sofá… y ahora no hay forma de que se baje, porque le encanta y porque nosotros ya no podríamos renunciar a su cabeza encima de las piernas mientras miramos la tele, a esos casi 30 kilos de puro amor (¡!) acurrucados a nuestro lado cada tarde y cada noche (y ni os cuanto de cuando yo estaba enferma).

Sí, porque Iron ya es parte de la familia, o mejor dicho, desde que Iron entró en nuestras vidas, somos y nos sentimos una familia. Fuimos ya varias veces de viaje con él, se bañó en el mar (que le vuelve literalmente loco), fue de excursión por la sierra, jugó bajo la nieve, nos acompañó a Italia para conocer a los “abuelos maternos” (es decir, mis padres) que están tan encantados con él cómo su familia “paterna”… en fin, es el niño mimado de casa, hasta el punto que entre él y mi novio corre a veces cierta – injustificada, por mi parte – celosía… ¡Bah! ¡Cosas de hombres!

De todos modos, pese a los celos, Iron nos dio hace poco su bendición para casarnos (a condición de que sea él y nadie más a llevarnos las arras) y accedió a mudarse con nosotros a mi tierra, en el norte de Italia. Le está costando un poco lo del idioma, pero parece que la idea le emociona bastante, probablemente porque sabe que ahí entre los Alpes va a tener una casa más grande (él la quiere con jardín pero eso todavía no podemos prometérselo), un clima menos caluroso (ese precioso pelo que tiene parece no ser el más apto para el verano madrileño) y mucho más espacio para correr, jugar y pasearnos.

Por eso, antes de armar nuestras respectivas maletas, hemos pensado escribiros para agradeceros. Gracias por cuidar de Iron con tanto cariño antes de la adopción (y sé que mi niño es bastante exigente). Gracias por haber colgado en la página Web su foto, porque si hace siete meses yo no la hubiese visto la vida de los tres ahora no sería la misma. Y gracias, porque ahora nuestras vidas son seguramente mucho más felices y llenas, y emocionantes de lo que eran. Gracias, de parte de los tres.

Antes de despedirnos, Iron me dice que quiere enviar muchos besos y miles de lamentazos a sus colegas y amigos de la protectora… aunque – añade – espera que muchos de ellos ya no se encuentren ahí, espera que hayan encontrado la casa que deseaban, y de la que entre ellos siembre “hablaban” durante la noche. La casa que cada uno de ellos se merece, porque Iron siempre me comenta que él sabe muy bien que todos los que están ahí son muy, muy muy especiales, y tienen muchísimo amor para dar y muchas historias para contar. Iron sólo es una de ellas, aunque para mí, es la más bella.


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